Jean-Michel Jarre transforma Starlite en un gran laboratorio sonoro.


 Crónica Laura Sánchez; fotografías Óscar Lugo

Quien haya crecido escuchando Oxygène, Équinoxe o Rendez-Vous, sabe que ver a Jean-Michel Jarre en directo no va a ser simplemente asistir a un concierto. Es encontrarse cara a cara con uno de los hombres que inventó una forma completamente distinta de entender y de hacer música.

Y eso ocurrió la noche del 14 de julio en Starlite Occident.

La cantera de Nagüeles cambió durante unas horas las guitarras por sintetizadores, las baterías por secuenciadores y el rock por una avalancha de sonido electrónico que, medio siglo después, sigue sonando sorprendentemente actual y rompedor.

Su entrada ya dejaba claro que aquello no iba a ser un concierto convencional. Pantallas gigantes, proyecciones envolventes y un despliegue audiovisual que no acompañaba a la música, era parte de ella. Una instalación artística donde todo estaba perfectamente sincronizado.

Durante el concierto Jarre habló de España —"Viva España", exclamó antes de reconocer que nuestro país ocupa un lugar muy importante en su vida—, explicó cómo entiende la creación musical y nos abrió las puertas de su "cocina" - su estudio - literalmente.

Comparó su estudio con una cocina donde se prepara una buena paella. Allí mezcla sonidos igual que un cocinero mezcla ingredientes, probando una y otra vez hasta encontrar el punto exacto. Una metáfora tan sencilla que consiguió explicar en dos minutos algo que muchos documentales sobre música electrónica no logran en una hora.

Después llegaron los primeros compases de Oxygène Part III que nos volvieron a emocionar muchos años después. Un momento en el que el francés pidió al público que se levantara y disfrutara. Y Starlite respondió.

Hubo otro momento especialmente interesante cuando habló de inteligencia artificial. En un tiempo en el que muchos artistas la observan con desconfianza, Jarre defendió justo lo contrario. No cree que haya que temerle. Cree que puede ampliar la creatividad humana, siempre que se respeten los derechos de los creadores. De hecho, confesó que muchos de los audiovisuales que estábamos viendo habían sido creados utilizando IA.

No era un discurso oportunista. Venía del mismo hombre que hace décadas ya imaginaba conciertos con láseres, ciudades iluminadas y pantallas gigantes cuando todo aquello parecía ciencia ficción. Quizá por eso resulta imposible hablar de música electrónica sin hablar de él.

El bis dejó una de las imágenes más simpáticas de la noche.

"Durante todo el concierto me habéis estado grabando vosotros...", dijo sonriendo. "...ahora me toca a mí."

Cogió una cámara y empezó a grabar al público mientras lanzaba un divertido "Make noise!... More fun!". Las pantallas mostraban a los asistentes riendo, saludando y levantando los brazos mientras unos enormes muñecotes animados —otro de esos audiovisuales chulos creados con IA— daban el toque de humor.

 

Más que un concierto, Jean-Michel Jarre en Marbella nos dio una lección: que la tecnología no tiene por qué alejarnos de las personas.

Al contrario. Puede emocionarnos. Puede hacernos bailar. Puede hacernos sonreír.

Y puede transformar una cantera de piedra con un sonido que nació hace medio siglo, pero que sigue pareciendo música del mañana.

 
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