Festival de Málaga 2026: diez días en los que la ciudad proyectó su mejor versión
Hay ciudades que viven el cine y otras que, durante unos días, parecen convertirse en una película. Málaga pertenece a ese segundo grupo. Cada mes de marzo, sus calles cambian de plano, el bullicio adquiere otro ritmo y las conversaciones dejan de girar en torno al tiempo para hablar de estrenos, interpretaciones y directores. La 29.ª edición del Festival de Málaga, celebrada del 6 al 15 de marzo, volvió a demostrar que el cine no solo se exhibe en las salas: también se respira en la ciudad.
Desde primera hora de la mañana, el entorno del Cine Albéniz recuperó esa imagen tan característica de espectadores consultando horarios, acreditados cruzando de una proyección a otra y fotógrafos buscando el instante perfecto antes de que se apagaran las luces. Al caer la tarde, el protagonismo se trasladaba al Teatro Cervantes, donde la alfombra roja volvía a reunir a algunos de los nombres más destacados del cine español e iberoamericano. Dos escenarios distintos, una misma historia: la de un festival que sigue creciendo sin renunciar a su identidad.
Porque el verdadero valor del Festival de Málaga nunca ha estado únicamente en las Biznagas. Está en esa primera ovación tras un estreno, en los silencios que deja una buena película antes de que aparezcan los aplausos, en los encuentros improvisados entre profesionales y en la oportunidad que ofrece a nuevos cineastas para presentar sus historias ante un público que acude dispuesto a dejarse sorprender.
El palmarés puso nombre a algunas de las películas que marcaron esta edición. Yo no moriré de amor, de Marta Matute, conquistó la Biznaga de Oro a la Mejor Película Española, además de los premios a la Mejor Interpretación Femenina para Júlia Mascort y a la Mejor Interpretación Masculina de Reparto para Tomás del Estal. En la competición iberoamericana, El jardín que soñamos, de Joaquín del Paso, obtuvo la Biznaga de Oro y el premio a la Mejor Dirección, mientras que Iván & Hadoum, de Ian de la Rosa, fue distinguida con el Premio Especial del Jurado.
Sin embargo, reducir el festival a una lista de premios sería quedarse únicamente con los créditos finales. Málaga volvió a ser el lugar donde conviven las primeras películas con las trayectorias consolidadas, donde las salas se llenan desde primera hora y donde cada conversación, en una terraza o a la salida de una proyección, termina girando alrededor de una escena, un personaje o una emoción compartida.
A ello volvió a contribuir MAFIZ, el área de industria del festival, consolidando el papel de Málaga como uno de los principales puntos de encuentro para el cine en español e iberoamericano. Mientras las reuniones profesionales abrían nuevas oportunidades para futuros proyectos, las salas seguían haciendo lo que mejor saben hacer: reunir a desconocidos para emocionarse con una misma historia.
Cuando el telón cayó sobre esta 29.ª edición, la sensación no fue la de un festival que termina, sino la de una ciudad que vuelve lentamente a su rutina después de haber vivido diez días mirando el mundo a través de una pantalla. Porque el Festival de Málaga no solo entrega Biznagas. Deja imágenes que permanecen en la memoria, conversaciones que continúan mucho después de abandonar la sala y la certeza de que el cine sigue encontrando aquí uno de sus hogares más auténticos.
Quizá esa sea la mayor virtud del Festival de Málaga: recordar que, antes de convertirse en titulares o premios, las películas nacen para algo mucho más sencillo y mucho más difícil al mismo tiempo. Hacer que durante unas horas olvidemos dónde estamos. Y eso, año tras año, esta ciudad vuelve a conseguirlo.